La ruta del buen comer
El lío:«Queremos un viaje para comer bien, sin que la cuenta nos amargue el postre.»

Un viaje con tenedor
Hay viajes de ver cosas y viajes de comer cosas. Este era de los segundos, y se declaró jugando: la carta de comer bien al montón del sí, la de los vinos también, y la de la vida nocturna al no — que las mejores sobremesas empiezan a mediodía.

El presupuesto se sienta a la mesa
El miedo de todo viaje gastronómico es la cuenta. Así que el dinero se dijo el primero, y el plan salió repartido por día: cuánto para las comidas, cuánto para el resto. Cada sitio venía además con su nivel de precios y su valoración — de Google, no de un folleto.

La tarde de la bodega
El sábado por la tarde cayó visita a una bodega pequeña, de las de contar la historia entera. Estaba dentro del plan y dentro del dinero, así que se disfrutó sin calculadora mental — que es la peor compañera de mesa que existe.

El postre sin susto
La última cena pidieron postre y café sin mirarse con cara de «¿vamos bien?». Iban bien: lo sabían desde el jueves. Un viaje para comer se disfruta el doble cuando la cuenta no es un misterio — es solo el final de una buena mesa.
Comer bien fuera no es gastar sin mirar: es saber cuánto antes de sentarte.
Quiero vivir la mía




















