El plan de última hora
El lío:«Es jueves, no hay nada organizado y el finde ya está aquí. ¿Llegamos?»

Jueves, nueve de la noche
«¿Y si nos vamos este finde?» La frase salió un jueves a las nueve, con la cena a medias. Otros años esa frase moría ahí mismo, aplastada por el «uf, ya es tardísimo para organizar nada». Este año no.

Tarde para pensar, no para irse
Contaron lo que podían gastar, dijeron los días y jugaron el mazo en el sofá. Esa misma noche tenían tres destinos que cabían en el dinero, y el elegido salió con el itinerario entero: qué ver, dónde comer, cómo moverse. Lo difícil ya estaba hecho — y no lo hicieron ellos.

La función del sábado
Y la sorpresa de las escapadas improvisadas: el sábado había función en el teatro del pueblo, y estaba en el plan. Improvisar no siempre es perderse cosas — a veces es que te las encuentren.

Viernes, seis de la tarde
El viernes al salir del trabajo ya estaban en carretera, con la maleta cerrada a presión y cara de fugitivos felices. Nadie hubiera dicho que aquel viaje tenía menos de un día de vida. Los planes buenos no siempre necesitan un mes — necesitan un empujón.





















